Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

viernes, 5 de febrero de 2010

Enaguas

— Creo que estás loca, pero no estoy seguro.

Sus palabras resonaron por la mente diáfana de Brenda, retumbando por cada conexión neuronal hasta acabar en una sacudida del esternón. La lluvia envolvía el paisaje aledaño a ellos como un vapor denso, haciendo enaguas a la visión que borroneaban los contornos de los edificios cercanos. Con un gesto un tanto insípido para su gusto, Brenda acomodó unas hebras de cabello detrás de su hombro y rió. Nada sorpresivo en sus palabras, nada inesperado… O por lo menos no en la primer porción de su decir. La indecisión final fue lo que le provocó curiosidad.

¿Todavía no estás seguro? Creo haber hecho todo lo posible para dejarte en claro que estoy totalmente loca —murmuró, distrayéndose con la lluvia que golpeteaba las hojas del árbol más cercano. La respuesta que le llegó fue una risa tosca, y a lo lejos los ladridos de un perro. También le respondió con un bufido el auto que atravesó el río pluvial en el cual se habían transformado las calles, tapando los adoquines con hojas navegantes.

Nunca le molestó mojarse, y esa tarde no fue la excepción. Las nubes pesadas se caían a pedazos sobre ellos, sobre las tejas de las casas, sobre la tristeza de Brenda, entremezclándose con el sabor del aroma a tierra mojada en la superficie de su lengua cada vez que abría la boca para hablar. Y allí iban las gotas como lágrimas desangrando las paredes, tamborileando en las hojas, llorándole las mejillas.

—Es que —comenzó él nuevamente, pateando un fruto de granada de la vereda— a veces pareciera que estás constantemente en una dimensión diferente, y otras, que estás completamente centrada en el ya, en este momento —. La tensión superficial se rompió en ese mismo instante con la voz oscura a su lado, con la puerta cerrándose y escondiendo al hombre que verificaba el estado de la lluvia, con las manos de Brenda ocultándose en los bolsillos para no revelarle a ella misma el temblor. Y los latidos se tradujeron a la vibración de los charcos— No creo que sea algo malo, no te confundas. En realidad, tampoco estoy seguro de eso.

La tarde se deshacía, y él ahí diciéndole que sí, que no, que blanco, que negro, y los perros ladrando, las ancianas corriendo las cortinas para preocuparse por la lluvia que no les afecta en lo absoluto, los árboles cobijándolos, los adoquines ahogados, las paredes que los repelen con su sangre de lluvia. Y, más importantemente, la melancolía de Brenda que se extiende por el mundo, que es la lluvia y los adoquines, los perros y los autos, las viejas y las paredes. Entonces es su propia tristeza besándole los brazos en forma de gotas, recibiendo las suelas de sus zapatillas cuando desarma un charco y despeinando su trenza con una de sus brisas húmedas. Ahora no es sólo su tristeza sino también su soledad, como la lluvia, haciendo enaguas entre ella y él que le impiden verlo en ese metro y medio eterno que los separa. En eterno retroceso. Las lágrimas fluyen por el interior de su garganta, llueve también por dentro.

Ese es el momento; pero él no permite el discurrir sano del silencio.

—Sos impredecible.

La tensión superficial vuelve a tejerse a sí misma, transformando las enaguas en paredes entre ellos y ahorcando el silencio hasta dividirlos en dos seres distintos, dos células apartadas. La tristeza y la soledad ya no abarcan el mundo entero, sino que se pliegan hasta ocupar el hueco entre sus costillas, apretándole el diafragma, como una bola azul. Es Brenda, es sólo Brenda, como siempre lo ha sido. Y ya nada importa.

—¿Brenda? —interrumpe otra vez, inquieto por su nueva distancia. Debe haberla notado.

— Puede ser. Soy bastante impredecible.

No, Brenda no es impredecible. Brenda es la lluvia. Brenda es los árboles. Es los ladridos de los perros y los charcos invadidos, las mujeres en sus sillones y los hombres fumando adentro, los autos extraviados, el mar de hojas discurriendo hacia cementerios inciertos, las nubes despedazándose y las baldosas tragando las pisadas, que también son Brenda. Y todo eso es su tristeza, su sopor solitario, todo es aquel retorno inacabable a sí misma y a la bola azul en su diafragma. Las paredes se solidifican más y más, la distancia es irrecuperable, y sus ojos están fijos en los vidrios permitiendo el resbalar de las gotas adormecidas.

Brenda intenta volver al estado anterior, al momento de lucidez; pero las paredes ladran, los perros se asoman a verificar la lluvia, las cortinas le responden con un bufido mientras atraviesan los árboles, las viejas se desangran de agua, los autos se ahogan. Las tiemblas le manan, los sacudones le esternón, la tierra tiene gusto a lengua. La lluvia es más copiosa adentro, en su garganta.

— ¿Te perdí de nuevo? —dice él riendo, su voz de ojos lejanos, sus labios de cenizas de compañía. —Volvé al mundo, Brenda.

No necesita volver. Brenda es el mundo. Brenda es la lluvia.

4 ideas compartidas:

Chalo_Ras dijo...

me escribe cómo encantás , es tan lindo leerte...es muy facil verte en lo que escribís...monsemonsemonse

Ethan dijo...

Hasta donde te llega el mundo, Brenda? Hasta donde te plegas una y otra vez?

GABIRO dijo...

No necesita volver porque nunca se fué, siempre fué.

Lo que resulta a veces impredecible es que el otro no entienda, pero en el mundo de los "comunes" es bastante " común que pase.

De alguna manera he sentido esos límites
Gabriela Romero (tu mamá me envió tu blog)
fué un gusto

Estrógena dijo...

Me gusta mucho lo que escribes, llevo un buen rato leyendo el blog y cada entrada es genial. Así que me hago seguidora para no perderte de vista, jeje. MUA

elblogdeestrogena.blogspot.com

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