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martes, 2 de marzo de 2010

Inframundos

Te amurallaste tras tus ojos de cosmos, Caronte. Entre tus pupilas y tus neuronas un agujero negro devora los significados, y de tu voz verdadera no quedan sino volutas, hilos de humo que mi respiración y sus débiles palabras desarman en partículas de una nada enardecida.

"Una nada enardecida", me repito a mí misma, saboreando cada concepto. ¡Y qué amargura me tiñe el paladar, Caronte, qué agria sensación! Pero de tus ojos no espero extraer nada, barquero. Simplemente subo a tu góndola, un velo sobre el rostro protejiéndome, y abandono mis caóticas costas para ingresar en tus lagos de silencio.

Remás con infinita paciencia, al tanto de las fichas que controlás en el tablero. Entre tanto, yo me empapo del abismo que nos rodea. Tu barca, Caronte, es acogedora, húmeda. Me recuerda a mis juegos de piratas en la infancia y al olor de las coníferas en verano. Vos seguís dirigiendo, y flotamos casi como por inercia hacia tu inmensidad. Es algo familiarmente extraño para mí permanecer en tus aguas, y de a momentos no sé por qué permito que sigas trasladándome... Confío demasiado, quizá, en mi capacidad de remover tus remos y regresarme a mis tierras originarias, a mis costas de espanto.

El camino de aguas traga la nave en su oscuridad indemne; pero aún así puedo ver tus ojos. Ello te incomoda, barquero, te despista y provoca a remar con más ahínco en esas direcciones desconocidas para mí. No les temo, he visitado cavernas más profundas y me he dejado caer en pozos más insalvables. El mismo frío de tus aguas me ha envuelto antes, Caronte, y me he vestido de soledades más inabarcables que la que tus remos pretenden arrojar sobre mí. El velo esconde mi rostro, y mis palabras aún crepitan anhelantes en mi garganta.

El lago avanza, y aún no me has conducido a tu verdadero Inframundo. Tu barca gris y melancólica se zarandea en tu ansiedad encubierta, y las aguas negras tiritan bajo nuestros cuerpos. Dirigiste hacia mí tus pupilas y no hallaste sino la impenetrabilidad del velo. Tu alma se enturbia y se sacude. Aún no temo el abismo de tu Hades, Caronte, y tus remos están perdiendo su confianza.

Repentinamente, te detenés en el centro de esta cueva. Hace un frío húmedo y todo huele a profundidad. El goteo de algún hielo lejano triza el silencio imponente. Y nosotros dos acá, en tu barca, sobre los crujientes maderos que se deshacen.

Mis manos se erizan; el velo me regresa a la tranquilidad. Te observo, Caraonte, mientras te sorprendés de las mismas vastedades de vacío y silencio que te rodean y a las cuales me trajiste. Todo lo veo y lo siento. Comenzás a comprenderlo, Caronte, y empezás a hundirte.

Sí, barquero, a hundirte. La madera de tu góndola se desmigaja en cenizas, dispersándose en el río de tinta. Pareciera que yo también naufrago; pero algún pedazo de la nave me mantiene a flote en esta caverna de fantasmas que te invade. Vos, en cambio, estás sumergido a medio cuerpo. Tus ojos de cosmos me atan a sostenerte con la mirada, a salvo de las aguas que amenazan con anclarte a sus descensos infinitos: tus aguas no tienen fondo, Caronte, al igual que las mías. Al igual que mis tristes aguas.

No querés hundirte, y yo no quiero que te hundas. A lo lejos el goteo; cerca está el murmullo de mi respiración agitada. Ya no existe ni el cadáver de tu barca, Caronte. Sólo mi nueva nave salvada del naufragio y la inmensidad de esta cueva. Y tras el velo lloro, barquero, tras el velo las palabras queman en mi garganta y los ojos se extinguen. No queda nada en este vacío de negros y grises. Sólo el frío, las piedras invisibles en alguna arista a infinitos kilómetros por encima de esta superficie. Todo es tan inerte y a la vez tan eléctrico, barquero, tan cargado de una vida agazapada entre los átomos y parapetada detrás de tu soledad y debajo de tus aguas. Si te dejo solo, Caronte, ¿querrías nadar hasta tus costas, las mismas costas de espanto que abandoné yo al entregarme a tu sórdida embarcación? ¿Podrías regresar a ellas, Caronte, tras haberte hundido en tus aguas?

Yo no, Caronte. No quiero retornar a las mías.

Tomo los remos mientras abandonás mis ojos y nadás hacia tu Inframundo sin provocar una sola ola. No sé si en verdad quieras irte, pero rebalsa de mí la certeza que no querés que te siga. Es tan triste tu caverna. Es tan silenciosa tu partida.

"Cuando vuelvas, Caronte... ¿Recordarás dónde encontrarme?", pienso mientras sumerjo el remo y quiebro tus aguas espantadizas.

2 ideas compartidas:

El pibe Matias dijo...

Precioso, es la palabra que mejor explica este relato. Como todo lo que escribís, está en mi top 3 éste :)

Ezequiel dijo...

Te he dicho que te quiero?

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