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viernes, 28 de diciembre de 2012

Las brasas

Nazco de las piedras, cubierta de espuma gris. Con manos frías revuelvo la arena, las rodillas heridas, y de mis ojos parten las olas que mueren en el mar. La soledad habita mi cuerpo como un mercenario, batiendo sus alas frente a mi rostro. No tiene sentido continuar así, me digo, y me arrastro sobre las costas, sobre las costras; contra el viento salino avanzo.

La tarde es sombría. Las nubes se apelotonan sobre mi cabeza. La lluvia, a lo lejos, arrecia contra un país desconocido. Aquí, ahora, sólo existimos yo y mi tristeza. El mar rompe sus aguas contra la tierra descosida, y yo sigo, adelantando un pie a otro, dejando húmedas huellas en la arena. La espuma me abandona lentamente, y se hace al viento como pequeñas burbujas que se pierden a lo lejos.

Las piernas me fallan. Finalmente llego a ningún lugar. Viejas de maderas flotantes se han amontonado contra el risco de piedra. Me acerco y, tocada por la palabra olvidada, las enciendo fuego. Las llamas se alzan, chispas verdes estallan hacia el viento. Un humo salino me arremolina el pelo. Al arder, los viejos árboles expulsan sus profundidades marítimas, contando historias que sólo los navegantes han osado pronunciar.

La pira se mantiene, incólume, junto al océano. El fuego se bate contra el viento, llenándome la piel de salitre. Entre las llamas veo el baile de las historias narradas por las maderas, escucho las canciones de épocas pasadas que nunca ocurrieron.

Al llegar la noche las flamas adelgazan. Yo duermo sobre las brasas, asándome entre el incienso.

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